Guggenheim

Chillida hablaba de un “rumor de límites” en el espacio de la escultura. Muros y límites son, en efecto, elementos fundamentales del espacio. Podemos pensar que nuestro planeta es como una gigantesca red de límites, nuestros cuerpos como una acumulación de membranas, contenidas unas dentro de otras. En la historia reciente, la obra de arte ha buscado en muchas ocasiones afirmarse en un marco propio y autónomo, cerrado sobre sí mismo gracias a una estricta geometría. En la década de los setenta, Bruce Nauman planteó una serie de instalaciones en las que la percepción del propio cuerpo del espectador se veía afectada drásticamente por un espacio anómalo, incómodo, como su Pasillo de luz verde; también produjo vídeos a partir de instrucciones dadas a actores en los que jugaba con sensaciones similares. En la misma década, el pintor Robert Motherwell —una de las grandes figuras del Expresionismo Abstracto— empezó a marcar amplias superficies de color con modestos recuadros con los que aludía a la antigua función del cuadro como ventana al mundo. Más tarde, Peter Halley haría de la celda su leitmotiv para poner de manifiesto la angustiante obsesión de la modernidad —artística y arquitectónica— por la geometría, una obsesión “reticular” que muchos de los primeros artistas conceptuales, como Sol LeWitt, habían explorado minuciosamente, y que el joven artista chileno Iván Navarro retomará en muchos de sus túneles de neón, tan inaccesibles como cuadros abstractos. Entre las obras más emblemáticas de Matt Mullican se encuentra su serie de estandartes abstractos, con los que propone iconos para la sociedad controlada por las grandes agencias y corporaciones.