Guggenheim

París fue durante siglos el epicentro del arte, donde confluían artistas, marchantes y coleccionistas de todo el mundo, pero en las décadas de 1940 y 1950 surgió un nuevo movimiento que situó a EE. UU. en el centro de la escena. Caracterizado por enormes pinturas abstractas realizadas al óleo y llenas de emoción, el Expresionismo Abstracto convirtió rápidamente a Nueva York en la capital del mundo del arte. Este fenómeno, que se desarrolló justo después de la Gran Depresión y durante la Guerra de Vietnam, coincidió con la transformación de EE. UU. en superpotencia global dominante. “En la confianza y libertad de expresión del Expresionismo Abstracto hay una sensación muy americana”, afirma Edith Devaney, comisaria de la exposición.