Guggenheim

La década de los sesenta fue una de las más convulsas del siglo xx en el ámbito cultural y político. EE. UU. se había convertido en una sociedad industrializada, preparada para la llegada de la era de la información. El notable crecimiento económico experimentado tras el final de la Segunda Guerra Mundial y en los años cincuenta, durante la Guerra Fría, generó una cultura de consumo de renovado vigor a ambos lados del Atlántico. Surge así el Arte Pop, movimiento de origen británico que alcanzó su máxima repercusión con artistas norteamericanos como Andy Warhol (1928–1987), cuya obra puede interpretarse como una crítica o como una celebración de la cultura popular.

En este contexto, Robert Rauschenberg (1925–2008) y Cy Twombly (1928–2011), dos grandes figuras de la escena artística de la segunda mitad del siglo xx que, hacia mediados de la década de 1950 ya habían desarrollado su propio lenguaje visual, presentan en Nueva York dos de sus obras más importantes. En 1963, el Jewish Museum acoge la primera gran retrospectiva de Rauschenberg, donde se presenta Barcaza (1962–63), ejecutada prácticamente en 24 horas, uno los mejores ejemplos de la serie de dinámicas pinturas serigrafiadas que el artista comenzó a realizar en los años sesenta. Al año siguiente, Twombly regresa a Nueva York para presentar en la Galería Leo Castelli sus Nueve discursos sobre Cómodo (1963), la primera obra del autor constituida por una sucesión de lienzos individuales. En ella, Twombly genera una frenética narrativa en torno al delirante imperio de Aurelio Cómodo (161−192 d.C.). Tanto Barcaza como Nueve discursos sobre Cómodo recibieron duras críticas por parte del artista minimalista Donald Judd (1928–1994) en su primera presentación pública; no obstante, con el paso del tiempo, se han convertido en piezas icónicas y fundamentales para la historia del arte del siglo xx.

Una acogida muy diferente recibieron las obras cargadas de repeticiones, variaciones, tachaduras y errores ortográficos de Jean-Michel Basquiat (1960– 1988), uno de los pintores más célebres de su generación. El hombre de Nápoles (1982) se inspira en una visita a Italia que Basquiat realizó en 1982 y está relacionada con cierto resentimiento del artista hacia su acaudalado mecenas italiano, a quien se refería con desprecio con expresiones como pork merchant (“charcutero”). La mayor parte de la superficie del cuadro está ocupada por una profusión de garabatos, palabras, números, símbolos y colores. El efecto que causa el cuadro es el de un conjunto de voces gritando, resonando y respondiendo.