Guggenheim

El espiritismo, en boga a partir de la década de 1850, constituyó una vía de acceso fundamental a la abstracción, de la que fueron precursoras las mujeres en el siglo XIX, aunque no la conceptualizaran como tal. De Georgiana Houghton a Hilma af Klint, ellas fueron las primeras en crear una abstracción definida como “simbolismo sagrado” que aún conservaba la figuración. Si las “mujeres artistas” supieron hallar en el espiritismo una puerta abierta a la abstracción es porque les ofrecía un terreno privilegiado como actividad social aceptada y también en virtud de sus postulados filosóficos. La teosofía, fundada en 1875 en Nueva York por la célebre filósofa rusa Helena Blavatsky, autora de Isis sin velo, situaba lo masculino y lo femenino en pie de igualdad. Vasily Kandinsky, autor del libro De lo espiritual en el arte (1912) y considerado como uno de los padres de la abstracción “pura” alejada de toda representación del mundo real, sintió un gran interés por la teosofía. Sin embargo, el enfoque espiritista no tuvo demasiada resonancia en un contexto en el que la historiografía moderna rechazaba cualquier referencia a las ciencias ocultas. Alfred Barr fue el primer director del MoMA de Nueva York y comisario de la famosa exposición de 1936 Cubism and Abstract Art, donde quedó fijado el canon moderno y donde se presentaba a las mujeres a través de obras tipográficas, teatrales o fílmicas.