Guggenheim

La normalización de la carrera espacial avanzó a la par que el desarrollo de la globalización. Desde mediados de los años setenta hasta la era digital, que comienza en los noventa, las propuestas artísticas que cuestionan la legitimidad de la abstracción proliferan en los cinco continentes. Resulta difícil saber si hablar de una forma es hablar del vacío que la rodea y le permite existir; si la bóveda celeste no es simplemente una superficie negra con salpicaduras de esmalte blanco. Las obras aquí seleccionadas proponen un recorrido en zigzag por la ambigüedad elemental del espacio.

Algunos de los artistas de este período retomaron en sus inicios la tradición plástica de la abstracción —en cualquiera de sus formulaciones: constructivista, neoconcreta, minimalista— sin dejar por ello que su práctica se etiquetara vinculándose a corrientes o movimientos particulares. En las obras de Waltercio Caldas, Mary Corse o Prudencio Irazabal, la materia plástica genera encuentros al borde del espejismo, mientras que el trabajo de Vija Celmins explora las superficies del cielo o el océano en busca de una supresión de la perspectiva y de la escala. El azaroso encuentro del cuadro de Celmins con la Pizarra de General Idea subraya el límite entre la figuración y el readymade. Por otro lado, en las piezas de Isa Genzken y Zarina Hashmi puede apreciarse la tensión entre la maqueta y el fragmento, entre lo encontrado y lo construido. En el caso de Susana Solano, la idea de una "colina huecaconecta motivos relacionados con el interior, como la bóveda o el sótano, con motivos que aluden al exterior, ya sea un valle o una montaña al revés.