Guggenheim

Los experimentos caligráficos constituyen una vasta porción de la producción gráfica de Michaux. Fascinado por las escrituras orientales y sobre todo por los ideogramas chinos, el artista trabajó desde sus inicios en la creación de alfabetos inventados, sin correlato fonético ni semántico. Estos signos son, a decir de Michaux, una poesía siempre incompleta, una literatura del gesto y del impulso y de la danza del trazo. Al mismo tiempo, el revoloteo de los signos sigue un principio rítmico continuo: cada dibujo es a la vez explosión y corriente, un “trayecto” en múltiples direcciones. Michaux cultivó su interés por las escrituras pictográficas a la vez que su pasión por los ritmos y patrones sonoros. De la práctica musical, a la que era aficionado, no queda más testimonio que sus dibujos, que en ocasiones parecen partituras para la visión. En estas obras encontramos una literatura abstracta e íntima, donde los trazos son figuras y personajes en constante mutación. En muchas ocasiones, estos signos aparecen separados como letras, en otras desarrollan características animales o totémicas; en otras aún, como en el período de experimentación con sustancias psicoactivas de los años cincuenta y sesenta, los trazos se multiplican sobre grandes superficies de papel, tomando connotaciones que los acercan a las prácticas expresionistas abstractas.