Guggenheim

Al final de su vida, Braque, que vivía entre París y Varengeville, inició una serie de paisajes, consistentes en vistas panorámicas en las que, hasta donde alcanza la vista, no se ve nada más que la tierra tocando el cielo, o el cielo y el mar, atravesados a veces por signos, color negro (pájaros) o blanco (nubes). Son los últimos cuadros de Braque, que abandona el taller para dirigir su mirada hacia el exterior, como se aprecia en las fotografías que le muestran recorriendo los acantilados de Varengeville. La construcción del hecho pictórico, del que Braque ha hecho su credo, queda al descubierto, representada en dos franjas de pintura espesa y costrosa.