Guggenheim

China/Avant-Garde se inauguró a comienzos de febrero de 1989 en la Galería Nacional de Arte de Pekín. Esta monumental exposición, organizada en una institución que encarnaba las normas socialistas de China, sirvió para canonizar el arte conceptual y experimental que había florecido por todo el país a lo largo de la década de 1980. Al presentar obras que desafiaban cualquier explicación fácil, entre las que había performances, instalaciones y abstracciones realizadas a tinta, los artistas participantes anunciaban una nueva dirección del arte moderno en China. Gu Dexin instaló en una pared restos de plásticos quemados que semejaban partes del cuerpo derretidas; Huang Yong Ping incluyó un collage esquemático con instrucciones para derribar el edificio del museo; y Xiao Lu empleó un arma para disparar contra su propia obra, lo que precipitó la primera de las dos clausuras que tuvo la muestra. El logo de la exposición, la señal de tráfico de “prohibido cambiar de sentido”, sugería que, tras una década de reformas sociales y económicas, ya no había vuelta atrás.

En el mes de mayo de ese mismo año, tres artistas que habían sido seleccionados para la muestra China/Avant-Garde —Gu, Huang, and Yang Jiechang— viajaron a París para formar parte de Magiciens de la terre, celebrada en el Centre Georges Pompidou“La primera exposición mundial de arte contemporáneo”, que se convertiría en un hito, proponía revisar las jerarquías eurocéntricas del mundo del arte, situando a artistas consagrados de Occidente junto a otros de Europa del Este, África, Asia y Latinoamérica. A pesar de que Magiciens de la terre fue criticada por ofrecer una visión exótica del trabajo de artesanos y artistas aborígenes, su acertada selección de creadores chinos anunciaba el futuro auge del arte contemporáneo global, a través de obras llenas de matices que ofrecían perspectivas completamente no occidentales.

En Pekín, la mañana del 4 de junio, el ejército disolvió a los manifestantes de la Plaza de Tiananmén, con un balance de miles de muertos, señalando el final de un movimiento democrático con el que el arte nuevo se hallaba estrechamente vinculado. En los meses siguientes, las publicaciones e instituciones que habían impulsado el debate artístico durante los años ochenta fueron controladas o clausuradas. A una primera etapa de reflexión sucedió una fase de cinismo generalizado por parte de artistas e intelectuales, que habían perdido la fe en la ideología reformista del partido-Estado. Muchos artistas abandonaron el país.