Guggenheim

Katz ha pasado los veranos en Maine desde 1949, año en que recibió su primera beca para acudir a la Skowhegan School of Painting and Sculpture. Cuando pinta allí, regresa una y otra vez a temas familiares, como las escenas costeras, los abetos al atardecer y un pequeño arroyuelo que atraviesa su finca, al que llama “el arroyo negro”.

Maine proporcionó a Katz un escenario natural para empezar a trabajar al aire libre, una tradición pictórica popularizada por la Escuela de Barbizon a mediados del siglo XIX, cuando el óleo comenzaba a comercializarse en tubos portátiles. Desde entonces, el artista ha mantenido esta práctica, que con frecuencia está presente en las primeras fases de sus posteriores pinturas ambientales. Trabajando al aire libre, Katz descubrió que la simultaneidad de la luz, el color y el movimiento le brindaba la oportunidad de pintar de manera casi inconsciente, creando una imagen in situ como respuesta inmediata a su percepción de la naturaleza.

Varios estudios realizados a plein-air que se muestran en la exposición están relacionados con la serie del Arroyo negro. Estos pequeños paisajes, de apariencia muy personal gracias a su tamaño y su lenguaje gestual, expresan la urgencia del artista por apresar en su pintura instantes más fugaces de lo que el ojo es capaz de ver.