Guggenheim

A lo largo de su carrera, Albert Oehlen ha realizado una serie de autorretratos en los que su propia imagen sirve como punto de partida para plantear una reflexión sobre el significado del arte y la identidad del artista.

En estas obras, el pintor intenta llegar a un punto de equilibrio entre la figuración y la abstracción para cuestionar, a través de un género clásico, las normas de la práctica artística y los imperativos culturales, estéticos y artísticos tradicionales.

En estos autorretratos, el sujeto no es lo más relevante, sino que el tema se convierte en un medio que permite al artista expresar sus ideas. Normalmente, los retratos de Oehlen son imágenes realizadas con una gama de color reducida —en la que predominan los tonos marrones, ocres y grises— y están pintados en un estilo directo y gestual, utilizando una técnica deliberadamente “antivirtuosa”.

En Él como primavera (Selbst als Frühling), 2006, Oehlen reinterpreta un tema pictórico tradicional, la celebración de la primavera y de la vida, mostrando una escena idílica en la que las apariencias engañan. Un personaje masculino nos mira, representando al propio pintor, que ha reemplazado al dios Baco; pero no se muestra como un dios alegre, celebrando un momento feliz, sino con un semblante serio. Oehlen ocupa el lugar del dios, presentándose como un creador —creador de la pintura—, pero al mismo tiempo destructor de su significado tradicional. El artista introduce elementos de la vida actual, sustituyendo el vino por un botellín de cerveza y la corona de hojas de parra por una camiseta blanca de tirantes.

Oehlen utiliza sus autorretratos como herramienta para criticar la extendida creencia de que el pintor es una especie de Dios. Así, se muestra como un artista que no posee control sobre sí mismo ni sobre su propia obra una vez que esta ha salido de su estudio.