Guggenheim

Fontana creó sus obras más emblemáticas bajo el influjo de la Guerra Fría, un período marcado por la permanente amenaza nuclear y la investigación internacional centrada en la carrera espacial. Bajo el título de Concepto espacial, sus primeras series de pinturas perforadas fueron ideadas como pantallas para la transmisión y el filtrado de la luz eléctrica. Empleando el lienzo tensado como soporte, Fontana se dispuso a transformar de manera radical la tradición occidental de la pintura de caballete. Los agujeros (buchi) evolucionan para convertirse en sensuales rasgaduras, y el artista adopta el vacío como centro absoluto de su práctica. Realizado en 1958, el primer corte (taglio) de Fontana estableció su gesto más característico. El artista aplicaba pintura en toda la superficie del lienzo; después, realizaba un corte con una navaja afilada y, a continuación, moldeaba la abertura directamente con las manos, adhiriendo en ocasiones un trozo de gasa negra en el reverso. Con el tiempo, los cortes fueron más rectos y calculados. En alusión al laborioso proceso de preparación, anticipación y crucial irrupción del corte, Fontana se refería a muchas de estas pinturas como “esperas” (attese). Paralelamente, también desde finales de los años cincuenta, Fontana comienza su exploración de las posibilidades de los lienzos de formas inusuales, como lo demuestra la poliédrica serie Los Quanta. El uso de soportes heterodoxos culminaría en su serie Fin de Dios (Fine di Dio), un conjunto de “huevos astrales” pintados en brillantes colores sintéticos cuyas superficies perforadas evocan el origen del cosmos y la sensación de sobrecogimiento que embarga al ser humano cuando contempla el espacio infinito.