Guggenheim

Esther Ferrer explica el espíritu y la intencionalidad de su obra Entrada a una exposición de la siguiente manera:

La piel envuelve la vida, es el primer vestido del ser humano, es la frontera entre dos mundos y, como escribió Valery, “lo más profundo del hombre”. Pero la piel es también lo más superficial del hombre, una palabra que viene de “superficie”, y esta de facies (“faz”). Nuestra piel es como la superficie de un espejo que reflejara esa profundidad de la que habla el poeta.

Sujeto del amor o de la agresión, memoria, soporte de ritos, objeto de discriminación, la piel es también una fuente de información difícil de controlar de nuestro estado físico y anímico; algunos dirán incluso que es “el espejo del alma”. Pero, además, y sobre todo, la piel es la puerta de entrada de nuestras sensaciones, gracias a las interacciones entre la piel y el sistema nervioso que las transmite al cerebro.

La instalación Entrada a una exposición pretende que cada cual tome conciencia de su propia piel a partir del contacto con un elemento externo, en este caso la sensualidad de las plumas. Es una obra pensada con el objetivo de despertar sensaciones, estimular la receptividad del   espectador y aumentar su capacidad de percepción, crearle un estado de “alerta” placentero y ser un estímulo preparatorio para visitar el resto de la exposición. Se trata de sentir, no de pensar; de ello ya se encarga el resto de la exposición.

Ferrer busca diferenciar con claridad la experiencia sensorial que provoca esta obra del tipo de experiencia que ofrece el resto de la exposición. Lo que se muestra a continuación en la muestra, en contraste, está dominado por la sobriedad, por una materialidad mínima, por el desarrollo de ideas y conceptos abstractos, como los esquemas matemáticos que subyacen en sus Proyectos espaciales.