Guggenheim

Entre los Maestros Antiguos, Morandi admiró y alabó abiertamente al pintor francés de género Jean-Baptiste Siméon Chardin. En las primeras indagaciones que hizo sobre Chardin, Morandi pudo haber leído el artículo que el crítico de arte Henri des Pruraux publicó en 1911 en la revista de vanguardia La Voce, donde afirmaba que Chardin había inventado la naturaleza muerta moderna autorreferente. En 1932, la revista Valori Plastici distribuyó en Italia la publicación de la monografía profusamente ilustrada de André de Ridder sobre Chardin. Morandi colgó algunas de las reproducciones de este libro en las paredes de su estudio para que le sirvieran como ejemplos constantemente a la vista. Estas ilustracciones le permitieron conocer el proceso artístico de Chardin de manera esclarecedora. El maestro francés trabajaba en series con diferentes variaciones y “reciclabla” en sus obras objetos que poseía, estrategias que también asumió Morandi, volviendo una y otra vez a las mismas jarras, cuencos, botellas y cajas, cuya disposición cambiaba ligeramente.

A lo largo de toda la trayectoria de Morandi continuaron estando presentes los ecos de Chardin. En su entrevista de 1960 con el crítico Edouard Roditi, el artista le describía como “el pintor de naturalezas muertas más grande”, porque “nunca dependió de efectos del trampantojo, sino que, por el contrario, con sus pigmentos, formas, su sentido del espacio y su matière, como lo llaman los críticos franceses, logró sugerir un mundo que le interesaba a él personalmente”. En Chardin, Morandi encontró a alguien verdaderamente equivalente en la historia, a quien le preocupaban las mismas cuestiones: el primer artista que abordó el tema de la pintura en sí misma a través de un género específico —la naturaleza muerta— con el fin de comprender todo su potencial.