Guggenheim

“Porque creo que es uno de los mejores retratos que se han hecho, y me obsesionaba. Compro libro tras libro con esa ilustración del Papa de Velázquez porque sencillamente me acosa y porque despierta en mí toda clase de sentimientos y también, podría decir, de áreas de la imaginación”

Francis Bacon*

A mediados de los años cuarenta, Francis Bacon descubre, a través de reproducciones, la imagen del Papa Inocencio X, una obra realizada por Diego Velázquez en 1650 que obsesionaría no solo a Bacon, sino también a otros pintores y escritores ingleses. La predilección de Bacon por este lienzo se reflejó durante más de dos décadas en decenas de obras en las que la imagen del pontífice se ve transformada de diferentes maneras. En unas, se entremezcla con el sufrimiento que expresa el rostro descompuesto de la mujer herida que aparece gritando en El acorazado Potemkin, filme de Serguéi Eisenstein que Bacon había descubierto en Berlín cuando tenía dieciséis años; en otras, la figura se ve rodeada de pedazos de ganado sacrificado en clara alusión al artista francés de origen bielorruso Chaïm Soutine; y hay algunas en las que a la imagen de Inocencio X se superpone la de Pío XII, sumo pontífice durante la Segunda Guerra Mundial cuya diplomática relación con la Alemania nazi aún genera controversia.

Velázquez representa al Papa sin un contexto que ayude a identificar su jerarquía, en soledad, del mismo modo que Cristo sacrificado en la cruz. La crucifixión es un tema al que Bacon acude una y otra vez desde el principio de su trayectoria, si bien dejando al margen las connotaciones religiosas y siempre con la intención de evidenciar lo más oscuro de la condición humana. Al igual que los Papas, las Crucifixiones van sufriendo transformaciones, mutaciones de color, formato o composición, y se intercalan con otras referencias que apasionan al artista, como la obra de Picasso o la Orestíada de Esquilo.

* David Sylvester, The Brutality of Fact: Interviews with Francis Bacon 1962-1979, Interview 1- 24:25