Guggenheim

En esta exposición se presentan dos instalaciones de Ferrer con sillas: una de ellas pertenece a la serie Instalaciones con sillas, de 1984, y otra, a la serie Sillas supendidas, de 2018, proyectos materializados por vez primera en un espacio expositivo. La artista aclara el concepto en el catálogo de esta exposición:

Desde siempre me han interesado las sillas, objetos cotidianos, casi anodinos, pero que, con su sola presencia, pueden modificar el espacio de una habitación. 

Siempre me sorprende la cantidad de modelos que se han creado, y seguirán creándose, de una cosa tan elemental, tan simple, como una silla. Pero lo que me atrae, sobre todo, es su estructura, ya sean de madera, de plástico u otro material, plegables o no.

Otra cosa interesante de la silla es su cualidad “antropomórfica”; ver una silla es pensar en el ser humano, con todo lo que ello puede sugerir. Cuando se la despoja de su tapicería y ornamentos, y aparece su “esqueleto”, es un conjunto de líneas rectas o curvas que se organizan de una forma casi orgánica. Si esta riqueza estructural de una silla se combina en un conjunto, bien sobre el muro, bien ocupando el espacio, la variedad de formas que resulta puede ser fascinante.

Quizás el origen de mi trabajo con ellas es la imagen de las sillas volantes de los tiovivos de mi infancia, suspendidas con cadenas y girando de forma vertiginosa. 

He realizado diferentes instalaciones con sillas: unas veces son simplemente un diálogo de formas en el espacio, suspendidas con cables, finos o no; otras tienen además una significación política o social. Las puedo utilizar solas o formando un conjunto, tanto en mis instalaciones como en mis performances. En estas últimas, el empleo de elementos cotidianos es fundamental para mí, y ¿qué hay más cotidiano que una silla? Pero, aun así, sus posibilidades son muchas; entre ellas, por ejemplo, la de convertirse en un elemento sonoro en una de mis acciones.