Guggenheim

Aquí se brinda una visión más etnográfica de nuestro pasado, entre el enfoque psicológico y la simbología del baile. Asoma aquí el Bilbao de las fiestas, donde el txistulari, el funcionario del Ayuntamiento desde siempre, personifica el sonido del protocolo, frente al mundo del baile que tiene lugar en las anteiglesias, sea en la Romería de Arteta, sea en la recolección otoñal de las manzanas y la sagardantza de Olasagasti; de la imagen de José Arrue ―al estilo de los Brueghel, que refleja la sociología cotidiana de las anteiglesias, en cuyo fondo se perfila la villa de Bermeo o la de Arrancudiaga― a las Danzas suletinas, de Ucelay, en las que se produce una aristocratización de los aldeanos, “la liberación de la etnografía” (en palabras del poeta Ramón de Basterra). Ucelay actúa fundamentalmente siempre como un retratista que todo lo ennoblece, sea en el puerto de Bermeo o en la fiesta de Zuberoa. Aquí todos los objetos, musicales o no, y el vaso de vino (propio de la Godalet-dantza) tienen su libro de linaje, su nobleza, su aura estética. Ucelay poetiza la belleza natural de las personas y de sus cosas, y con ella la vida cotidiana: no documenta o relata un hecho etnográfico, sino que lo sublima, con su detalle oriental y su caligrafía personal, convirtiendo una fiesta popular en un enorme alarde de cultura visual.