Naturaleza, alambre atado y escultura posterior, de las décadas de 1960 a 1990

“La naturaleza es mi maestra y, para estudiar sus patrones de crecimiento, he utilizado materiales que son producto de nuestro siglo XX”. —Ruth Asawa

En 1962, el regalo de una planta seca procedente del desierto del Valle de la Muerte impulsó a Asawa a emprender una nueva dirección en su trabajo escultórico. Al intentar dibujarla, descubrió que “su complejidad […] lo hacía imposible”. Fue entonces cuando recurrió al alambre, trabajando con haces y bobinas que manipulaba para crear ramas complejas y otras formas botánicas. A lo largo de esa década y en años posteriores, Asawa desarrolló sus esculturas de “alambre atado”. La artista explicó acerca de estas obras: “Parten de un material impersonal como el alambre, que es muy duro, y lo convierten en algo blando y de aspecto natural, de modo que se puede coger un trozo abstracto de alambre y transformarlo en una planta. Y me gusta esa transición de lo duro a lo blando”.

 
Las piezas de alambre atado de Asawa solían partir de un centro floral, estrellado o geométrico. A medida que trabajaba y la forma crecía progresivamente hacia el exterior, la artista respondía a las propiedades del material y seguía “lo que dicta el alambre” para reproducir los patrones de crecimiento del mundo natural. Sus esculturas colgantes y murales revitalizaron asimismo su práctica del dibujo, con la que, al igual que en sus obras de alambre, descubrió nuevas posibilidades por medio de diseños geométricos, floraciones etéreas y ramificaciones arborescentes.

A lo largo de la década de 1970 y más adelante, Asawa continuó explorando “los límites de los materiales, el crecimiento y la forma creando esculturas con alambre”. A medida que ideaba nuevas variaciones de composiciones de alambre en bucle y atado —algunas cerradas y otras abiertas, unas suspendidas en lo alto y otras colgadas de la pared—, profundizó también en su investigación de la resina como material y experimentó con el vidrio de colores.