Guggenheim

Cuando hablamos de “nuevos modos de ver”, tendemos a pensar en la década de 1970, en la que los televisores se hicieron habituales en los hogares occidentales. Sin embargo, en los años veinte, la velocidad —que se manifestaba en forma de mayor movilidad (el automóvil), en los nuevos métodos de trabajo de las fábricas (la cadena de montaje) y en las nuevas maneras de transmitir información (la radio)— ya estaba transformando el modo en que la gente veía las cosas. El cine y la fotografía, disciplinas hasta entonces ignoradas en gran medida por el mundo artístico, van adquiriendo mayor reconocimiento y un carácter cada vez más experimental. La disputa entre los defensores del “arte figurativo/Nueva Objetividad” y los partidarios de la “abstracción/Constructivismo” llegó a su fin, o al menos a una fase de suspenso, hasta comienzos de la década de 1930. En 1920, el director Walter Ruttmann afirmaba: “La especificidad del tiempo deriva fundamentalmente de la ‘velocidad’ de nuestra época […] Así pues, el objeto de nuestra reflexión es ahora la evolución temporal y la fisionomía de la curva, que está sometida a una transformación continua, y no ya a la rígida yuxtaposición de puntos aislados”. Los experimentos más audaces en el campo de la fotografía llegaron de la mano de Man Ray y László Moholy-Nagy, como atestigua la exposición Film und Foto (‘FiFo’), de la que Moholy-Nagy fue uno de sus comisarios y que, tras su apertura en Stuttgart en 1929, viajó, vía Zúrich, a Berlín, Danzig, Viena, Zagreb, Múnich, Tokio y Osaka. La relevancia de esta muestra estriba en que supone la primera ocasión en que cine y fotografía se exhiben juntos, un paralelismo que hoy en día, en la era de la ubicuidad del teléfono inteligente, parece muy obvio.