Guggenheim

Paco Durrio (1868–1940) es hijo de unos cesteros de la bilbaína calle de la Ribera. Marcha a París en 1884 y ya no regresará nada más que de visita. Su atelier funcionó como un consulado de Bilbao en París para todas las generaciones de artistas subsiguientes. Durrio es el artista que pasa el fuego creativo de Paul Gauguin (que le nombra albacea en 1895) al joven Pablo Picasso, a quien apoya cuando es un recién llegado a París, en 1901, porque le reconoce como el nuevo genio; también lo hacen Francisco Iturrino y Darío de Regoyos.

En 1894 Durrio pertenece al círculo de amigos más íntimos de Paul Gauguin y comparte estudio con él. Cuando este emprende su último viaje a Polinesia, en 1895, deja a Durrio al cargo de toda su obra. Durrio la ofreció en repetidas ocasiones al Museo de Bellas Artes de Bilbao; los Echevarrieta adquirieron Bonjour, Monsieur Gauguin (hoy en el Museo Nacional de Praga) y los retratos del pintor holandés Jacob Meijer de Haan: un óleo sobre madera (Museum of Modern Art, Nueva York) y otro al temple, cuyo título incluye la palabra Nirvana (Wadsworth Atheneum Museum, Hartford). El recuerdo de la amistad mutua es también patente en el retrato que, siete años después de su despedida en la estación de París, Gauguin hace de Durrio en las lejanas Islas Marquesas, titulado El guitarrista (ca. 1900). Gauguin abre el camino a tres reflexiones: la mirada hacia los mares del sur (hacia los objetos de otras culturas), la aplicación de la pintura sobre los objetos (es decir, un nuevo enfoque sobre el sentido de la escultura) y la consideración de las artes menores, como la cerámica. En el número especial de verano de 1905 de la revista Le Mercure de France Durrio es uno de los artistas que habla de la importancia de Gauguin para el arte del siglo XX.

Paco Durrio pasa ese fuego creativo del pensamiento visual de Gauguin al joven Picasso que acaba de llegar a París en 1900, al que cede su apartamento del Bateau-Lavoir en 1904, donde Picasso, con su ayuda, realiza sus primeras esculturas en barro y en bronce. Durrio le enseña el modelado con arcilla y el uso del fuego y su acción sobre los pigmentos. Fernande Olivier, entonces compañera de Picasso, en su libro Picasso et ses amis, cuenta cómo en esa época Durrio les alimentaba secretamente. Picasso dedica el cuadro La bella holandesa “a mi querido amigo Paco Durrio”. También perteneció a Durrio el cuadro de Picasso Muchacho portando un jarro, que sostiene entre las manos una cerámica del bilbaíno. Según John Richardson, biógrafo de Picasso: “Aún no se ha tenido en cuenta hasta qué punto las técnicas de Durrio ayudaron a Picasso a revolucionar el arte de la cerámica en Vallauris cuarenta años después”. Durrio fue uno de los pioneros en relacionar el arte primitivo con la vanguardia, en remarcar la autonomía de la cerámica al fuego y en la consideración de la orfebrería con una vocación de escultura.

Su monumento al músico bilbaíno Juan Crisóstomo de Arriaga (1806–1826) es una de las mejores esculturas públicas realizadas en el siglo XX en España. La obra no es un retrato del músico, sino un monumento ―en su verdadero sentido etimológico, del latín monere, de hacer pensar y recordar― concebido como un conjunto que atiende a un simbolismo para recordar al músico: una figura de mujer en bronce eleva su canto y llora por la muerte prematura del músico; sus lágrimas fluyen hacia el estanque; la imagen da la vida. Durrio reinventa el sentido del monumento sustituyendo a Arriaga por la figura de una musa en un conjunto de pedestal y agua, con referencias ―en la línea de Gauguin― a otras culturas y a sus símbolos.