Guggenheim

“Pintar calmaba el caos que agitaba mi alma. Era una manera de apaciguar a esos dragones que han ido apareciendo en toda mi obra.”

A mediados de los años cincuenta, Niki de Saint Phalle decide consagrar su vida al arte y elige ser autodidacta. Gracias a sus numerosos viajes por Europa, donde fue asidua de la escena literaria y artística parisina y donde frecuentó a los expatriados norteamericanos, pronto se convirtió en una cultivada artista de su tiempo. A finales de la década de 1950, ejecutó una serie de pinturas de gran formato vinculadas a dos culturas visuales: por un lado, la de la vieja Europa, donde la historia se enfrentaba a la nueva vanguardia, y por otro, la de los notables avances del arte americano. La perspectiva amplia y plana de sus grandes pinturas se inspiraba en el Trecento italiano, y las superficies rugosas evocaban a los pintores matéricos Jean Fautrier y Jean Dubuffet, mientras los cielos en blanco y negro sembrados de pequeños puntos de pintura recordaban a las salpicaduras de Jackson Pollock y los objetos adheridos a las superficies traían a la mente las “Combine Paintings” de Jasper Johns y Robert Rauschenberg. En sus obras coexisten dos atmósferas contradictorias: la violencia y el caos, frente a lo lúdico y la alegría de vivir.