Guggenheim

Entre 1938 y 1944 la escala de las esculturas de Giacometti va reduciéndose y aumenta la distancia con el espectador. Durante la guerra, Giacometti se traslada a Suiza y allí pasa mucho tiempo con su sobrino Silvio, a quien enseña historia mientras esculpe su figura una y otra vez en una habitación de hotel transformada en estudio. En aquel espacio crea esculturas, como Busto pequeño sobre un pedestal doble (1940–41) y figuras realizadas del natural, como Silvio de pie con las manos en los bolsillos (1943). Años después, Silvio rememoraría el proceso empleado mientras posaba para su tío, unas veces durante 15 minutos, otras durante una hora. Un día realizaba una figura y al siguiente volvía sobre ella, reduciendo a no más de ocho o diez centímetros una pieza que había sido el doble de alta.

De esta manera conocemos de primera mano cómo Giacometti desestimaba o reducía sus obras, sintetizándolas en formas más pequeñas. El artista explica así su evolución: “Trabajando del natural llegué a crear esculturas minúsculas, de tres centímetros. Lo hacía a mi pesar. No lo entendía. Empezaba grande y acababa minúsculo. Solo lo diminuto se me antojaba parecido [al modelo]. Lo comprendí más tarde: no se ve a una persona en su conjunto hasta que se aleja y se hace minúscula”.

En esta sala se muestran diferentes estudios de cabezas realizados en tinta sobre papel de principios de los años sesenta. Estos dibujos permiten apreciar la práctica de Giacometti; su forma obsesiva de trabajar el rostro, tratando incesantemente de capturar la mirada, el brillo de vida en los ojos de cada individuo. Para él, la mirada, el modo en que esta puede penetrar en el espacio del espectador, es algo crucial.

Tras experimentar con técnicas de dibujo surrealistas o abstractas, el artista regresa al medio más tradicional: la pintura del natural, que practica hasta su muerte. Los esbozos compulsivos que realiza a diario son un ejercicio de búsqueda de la verdad en la representación.