Guggenheim

En la pintura de Giacometti predominan los retratos, centrados en las personas más próximas a él, como su hermano Diego, su esposa Annette, su última amante Caroline y algunos amigos intelectuales. En las sesiones de posado, somete a sus modelos a largas sesiones de trabajo y les exige que permanezcan completamente inmóviles, en una búsqueda infructuosa de la máxima similitud.

A partir de 1957 pinta sus retratos acumulando capas de color y pinceladas que sugieren obras casi escultóricas. Sin embargo, el artista sigue considerando que fracasa en la representación de la realidad: “Mis pinturas son copias no logradas de la realidad. Y me doy cuenta, en mi trabajo, de que la distancia entre lo que hago y la cabeza que quiero representar es siempre la misma”. Esta fustración hace que Giacometti se centre en su trabajo con intensidad obsesiva y que, en ocasiones, destruya o rehaga sus obras. Su amigo el poeta Jacques Dupin describe el proceso de la siguiente manera: “Sí es el mío [mi rostro], pero también el de otra persona que, desde la distancia, surge de las profundidades y se aleja en cuanto intentamos atraparlo. El incansable análisis del modelo lo despoja a fin de cuentas de todo lo que tiene de reconocible para revelar lo desconocido, eso desconocido que liberan las profundidades”.

Los retratos de Giacometti son, en general, de una quietud estremecedora, con fondos de colores terrosos y grises, inacabados, atravesados por verticales y horizontales que enmarcan las obras y aluden a las líneas escultóricas de las jaulas: el confinamiento. Giacometti afirmó: “Tuve la sensación de que todos los acontecimientos existían simultáneamente a mi alrededor. El tiempo se hacía horizontal y circular, era espacio al mismo tiempo, e intenté dibujarlo”.