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La corriente artística y literaria del Surrealismo, que surge en 1924 y permanece activa hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, tiene su epicentro en París. Entre sus premisas se encuentra la erradicación del racionalismo moderno a través del poder de la imaginación. Influidos por el psicoanálisis y los mitos, los surrealistas creen que adentrarse en el inconsciente puede revelar complejos mundos interiores en torno a sexualidad, deseo y violencia. Giacometti adopta la investigación del lenguaje de los sueños que propugnan los surrealistas, convirtiéndose oficialmente en miembro del grupo de André Breton en 1931. Pronto la influencia surrealista se plasma en creaciones oníricas e imágenes insólitas que representan universos interiores.

El estilo sumamente personal de Giacometti despierta el interés de prestigiosos artistas e intelectuales: Dalí considera Bola suspendida (1930–31) como prototipo del “objeto de funcionamiento simbólico” surrealista de contenido violento o erótico. Objeto desagradable (1931) es la escultura más emblemática de esta tendencia y encaja a la perfección con las fantasías de brutalidad que pueblan los escritos de Georges Bataille.

Mujer degollada (1932) evidencia la adscripción de Giacometti al Surrealismo a principios de los años treinta. Al artista le interesan las maneras en que este movimiento se adentra en el inconsciente, introduciendo temas complejos, como los estados antagónicos de dolor y éxtasis, lo humano y lo no humano, y también motivos que generan atracción y repulsión al mismo tiempo, como la forma de los insectos.