Guggenheim

Sartre definió a Giacometti como “el artista existencialista perfecto, a medio
camino entre el ser y la nada”.

A partir de 1945 Giacometti crea sus obras más conocidas. Se trata de figuras
extremadamente alargadas y estilizadas en las que revela sus nuevas inquietudes en torno al espacio y la distancia entre el modelo y el artista. Había regresado a París y el cambio de escala le permite expresar la angustia derivada del trauma de la guerra: “Después de la guerra, estaba ya harto y me juré que no dejaría que mis estatuas se redujesen ni una pulgada. Y entonces pasó esto: logré mantener la altura, pero la estatua se quedó muy delgada, como una varilla, filiforme”.

La exposición subraya el interés del artista por los materiales moldeables como el yeso o la arcilla. Mientras que muchos creadores se limitan a utilizar el yeso como material intermedio en la producción de una obra —después de modelar el objeto en arcilla y antes de fundirlo en bronce—, Giacometti lo emplea a menudo tanto para la forma inicial como para la pieza definitiva.

Cuando Giacometti es seleccionado para representar a Francia, su país de adopción, en la Bienal de Venecia de 1956, el artista reflexiona sobre cómo puede mostrar su trabajo en aquel espacio. Quiere realizar piezas nuevas para ser exhibidas junto a otras anteriores y crea la serie que titula Mujeres de Venecia. Esta exposición supone una ocasión excepcional para contemplar este conjunto de ocho esculturas de yeso, algunas pintadas, que desde el pasado mes de junio acoge el recién inaugurado Instituto Giacometti de París.