Guggenheim

La obra de Holzer sale al encuentro del público en espacios inesperados e invita al observador a reflexionar sobre temas controvertidos. En la década de 1990, la artista comenzó a recibir invitaciones para crear monumentos a la memoria en sitios ligados al nazismo y los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial, a la epidemia del sida y, en términos más generales, a temas relacionados con la paz. Muchas de estas obras, al igual que muchas de las proyecciones lumínicas de Holzer, incluyen textos (algunos, de su autoría; otros, tomados de diferentes archivos o de fuentes literarias) en los que se profundiza acerca de la historia de los lugares concretos en los que se ubican.

Holzer también ha trabajado en entornos naturales. En este caso, sus instalaciones adoptan otro formato, al ser atemperadas por la belleza, la textura y otras características del paisaje en el que se insertan, ya sea un desierto o un bosque. De un modo que recuerda a los carteles que dispuso por las calles cuando comenzaba su carrera, estas obras introducen potentes ideas y emociones en lugares sorprendentes. Los roquedales han constituido un excelente soporte para esas sutiles pero intensas intervenciones.

En todas esas obras, la experiencia de encontrar y leer un texto en un lugar público es fundamental. En palabras de la propia artista: “Cuando se trata de un cartel en la calle, uno tiene el tiempo que le lleva dar unos pocos pasos […] ofrezco lo que funciona en cuestión de segundos, o en períodos de tiempo ligeramente más largos para aquellas personas que puedan y quieran concentrarse. […] No hay que olvidar que los observadores son voluntarios […] Hay frases que son mensajes completos, que puedes asimilar en un instante, pero, si alguien desea detenerse durante más tiempo, hay toda una serie en la que aparecen esas frases de tres segundos que es un poco más complicada […]”.