Guggenheim

El interés de Iñaki Garmendia (Ordizia, 1972) se centra en ciertos aspectos de la intrahistoria local, de la historia del arte y de las subculturas juveniles, cuyos elementos el artista disocia, para reinterpretarlos en un marco global. La identificación a priori de las imágenes que pueblan sus obras, ya estén en formato vídeo, performance, fotografía o dibujo, resulta complicada para el espectador, que busca una clave para descifrarlas en función de sus propias vivencias.

Obras tan significativas como la serie Txitxarro (2000), Golpe a golpe (Kolpez kolpe, 2003), Red Light/Straight Edge (2006), S/T Orbea (Orduña) (2007), No R.S. (99 globos rojos de amor) [No R.S. (99 Red Love Balloons), 2008] y Sin título (seis picos) (2011) revelan las dos líneas de trabajo que sigue el artista, que a menudo están interrelacionadas: por un lado, la descontextualización y fragmentación de objetos e iconos culturales y, por otro, el estudio y la reinterpretación de algunos procesos experimentales de grabación y montaje audiovisual. La cámara de Garmendia no es el instrumento pasivo que registra la acción, sino que, con su presencia insistente, genera una situación de tensión e incomodidad.

La obra concebida por Garmendia específicamente para la muestra Garmendia, Maneros Zabala, Salaberria. Proceso y método, que tuvo lugar en el Museo en 2013, Ikaraundi – EQDALOS (cabeza arrodillada contra la pared) [Ikaraundi – EQDALOS (burua paretan kontra belaunikatuta), 2013], supone una síntesis de su trabajo anterior. Partiendo del escaso material fotográfico que existe del busto, hoy desaparecido, que realizó Jorge Oteiza del pintor José Sarriegui, Garmendia aplica de modo directo y radical ciertos procesos de ingeniería industrial a su propia ingeniería de la memoria y del recuerdo. De todo ello nos queda la huella en diferentes soportes, como el vídeo que toma la cabeza como motivo principal, poniendo de relieve su condición objetual e icónica, de una manera que recuerda a sus obras Bomber (2013) y S/T Orbea (Orduña), en las que destaca la ausencia de espectacularidad. La narratividad se centra en la manera en la que las acciones se han registrado; en Ikaraundi, sin embargo, las acciones se ven contaminadas por la propia voz del artista, que va transmitiendo un relato discontinuo y con saltos en el tiempo. Así, configura un rompecabezas personal que presenta tanto al espectador como a sí mismo.