Guggenheim

Según su propio testimonio, Henri Michaux (Namur, Bélgica, 1899−París, 1984) escribía y pintaba para “encontrarse” a sí mismo. Su producción poética y artística ocupa un lugar de excepción en la cultura europea y se vincula profundamente con el afán de autoconocimiento. El autor se adentra en los mecanismos de la consciencia y, a la manera de un zahorí, rastrea lo que se escapa a esta. Michaux cultivó de manera alterna la poesía y la pintura, si bien se fue decantando cada vez más por esta última disciplina, hasta el punto de considerarla su práctica principal. Experimentador y viajero inagotable, Michaux accedió a la experiencia artística gracias a Paul Klee, cuya obra descubrió en los años veinte del pasado siglo, y cuya influencia le llevó a decantarse de manera definitiva por la obra gráfica. Las herramientas del escritor, tinta y papel, fueron sus primeros recursos plásticos, aunque pronto desarrollaría técnicas que hoy son características de su trabajo, como la témpera sobre fondo negro, el frottage, la acuarela y la tinta sobre múltiples soportes, junto al óleo sobre papel y el acrílico que, en su período más tardío, también utilizaría singularmente. Michaux pintó siempre, según sus propias palabras, “para sorprenderse”. Nunca creyó en resultados predefinidos, más bien buscó provocar acontecimientos indefinibles en el material, haciendo aparecer figuras, signos y paisajes inesperados y animados de un modo casi chamánico. Sin título (1981) es un ejemplo importante del último periodo de su obra y se inscribe en la larga tradición de retratos imaginarios de Michaux. En ellos, los personajes parecen emerger desde la profundidad infinita del papel hasta la superficie, a partir de una masa caótica de manchas. El rostro “sucede” en su encuentro con quienes lo miran. Sin título (1981) se exhibió en el Museo Guggenheim Bilbao en el contexto de Henri Michaux: el otro lado, considerada ya la retrospectiva más importante del artista en las últimas décadas.