Guggenheim

Avanzando cada día (Going Forth By Day) es un ciclo en cinco partes de imágenes digitales proyectadas que explora temas de la existencia humana: la individualidad, la sociedad, la muerte, el renacer. La obra propone una experiencia arquitectónica en la que las cinco secuencias de imágenes se proyectan simultáneamente en una sala de grandes dimensiones. Para acceder al espacio, los visitantes deben atravesar literalmente la luz de la primera imagen. Una vez dentro, permanecen en el centro de un mundo audiovisual formado por proyecciones en todas las paredes. La historia que cuenta cada panel forma parte del ciclo narrativo global de la sala. El espectador es libre de moverse por el espacio y contemplar cada panel de manera individual o alejarse y contemplar la pieza en su conjunto.

Las cinco secuencias de imágenes tienen una duración aproximada de 30 minutos y se proyectan de manera sincronizada en bucle continuo. El sonido de los paneles se mezcla libremente en el espacio, creando un ambiente acústico global. Las imágenes se proyectan directamente en las paredes, sin pantallas ni soportes enmarcados, como los frescos del Renacer italiano, donde la pintura se aplicaba directamente sobre la superficie de yeso de los muros. El título de la obra deriva de una traducción literal del título del Libro de los Muertos egipcio, “El espíritu que avanza cada día”, una guía para el alma una vez que está libre de la oscuridad del cuerpo para, por fin, ir “avanzando hacia la luz del día”.

“El nacimiento del fuego” (1)

Una forma humana surge de un turbio mundo sumergido. El cuerpo nada en el fluido de un estado inconsciente entre la muerte y el renacer. Rayos de luz anaranjados penetran la superficie del agua, provenientes de un mundo anterior, que terminará consumido por el fuego. Iluminado ahora por la luz de la destrucción anterior, la esencia humana busca un camino por el nuevo dominio subacuático; busca la forma material y la sustancia necesarias para su renacer.

“La senda” (2)

Es la época del solsticio de verano en lo alto de las montañas. La primera luz de la mañana revela un constante ir y venir de gente que circula por un camino en el bosque. Provienen de todos los estratos y condiciones, y cada una recorre el camino a su paso de una manera única. No hay principio ni final en la procesión de individuos —llevan andando desde mucho antes de que los veamos, y seguirán haciéndolo mucho después de dejar nuestra visión—. El constante flujo de gente no sugiere ningún orden ni secuencia aparentes. Como viajeros haciendo su camino, transitan los espacios intermedios entre dos mundos. Una pequeña señal en el bosque les garantiza un paso seguro a través de este estado vulnerable.

“El diluvio” (3)

Un edificio de piedra, recién restaurado, se halla en la clara luz del equinoccio de otoño. La gente va y viene por la calle, inmersa en sus actos cotidianos. Acontecen pequeños sucesos que afectan a las vidas individuales. Hay familias que abandonan sus casas; gente llevando sus posesiones personales por la calle, y todo lo que ocurre se tiñe de una tensión creciente en la comunidad. Momentos de compasión y amabilidad surgen dentro de una preocupación creciente por la supervivencia individual.

Un momento de pánico les sobreviene y corren para salvarse. Los últimos, negando lo inevitable, han esperado demasiado en la seguridad de su hogar. Cuando el diluvio irrumpe con toda su fuerza en el mismísimo corazón de su mundo privado, han de precipitarse para salvar su vida. Salen corriendo del edificio cuando súbitamente un arrollador torrente de agua lo inunda desde el interior. Las vidas y los objetos personales son elegidos arbitrariamente para perderse en el proceso. Por último, la violencia y la furia van apaciguándose a medida que disminuye el torrente; el edificio queda incólume y la calle, limpia. La acera desierta brilla al sol del mediodía.

“El viaje” (4)

Anochece en la época del solsticio de invierno. Hay una casita en una colina con vistas a un mar interior. Dentro de ella, un anciano yace enfermo en una cama, atendido por su hijo y su nuera. En el exterior, otro hombre vela, sentado junto a la puerta. Abajo, en la orilla, un barco se va cargando lentamente con los objetos personales de la vivienda del moribundo. Cerca, una anciana espera pacientemente.

Al cabo de un tiempo, el hijo y la nuera deben partir y dejan al hombre solo con sus sueños y su débil respiración. Su casa, que alberga vidas y recuerdos, es cerrada con llave. Poco después, el anciano reaparece en la orilla; le saluda su mujer, que ha estado esperando su llegada. Ambos suben a bordo del barco, que zarpa y los transporta, con sus pertenencias, a las lejanas Islas de los Bienaventurados.

“La primera luz” (5)

Amanece en el equinoccio de primavera. Un equipo de rescate ha estado trabajando toda la noche para salvar a varias personas a las que ha sorprendido una enorme tromba de agua en el desierto. Agotados y físicamente consumidos, recogen poco a poco su equipo mientras avanza la luz del amanecer y se intensifica el impacto emocional de los acontecimientos de la noche. En la orilla, una mujer mira a lo lejos el valle inundado donde vivían sus amigos y vecinos. Espera en silencio, temerosa y cada vez con menos esperanza en la suerte de su ser querido, su hijo, que jamás regresará.