Guggenheim

"Yo reduzco la escala del lienzo pintando en esos rectángulos que concentran la imagen. Simplemente para verla mejor”

Francis Bacon*

Tras la Segunda Guerra Mundial —en la que Francis Bacon participó a través del servicio civil debido a su asma crónica—, la obra del artista fue de nuevo reconocida por crítica y público, y suscitó la atención de la galerista Erica Brausen, quien pronto expuso su trabajo en diferentes países europeos. El Museo de Arte Moderno de Nueva York compró en 1948 a Brausen su primera obra de Bacon.

Durante este período, el artista crea un universo nuevo de imágenes, concebido a partir de la literatura, el cine, el arte y su propia vida. Bacon aborda esta iconografía a través de un lenguaje absolutamente singular, reflejando la vulnerabilidad humana con gran crudeza. Los personajes, cuyo aspecto se encuentra entre lo humano y lo animal —como en algunas fotografías de Eadweard Muybridge—, comienzan a mostrarse encerrados y atrapados en jaulas o cubos. Bacon utiliza este recurso para centrar la mirada del observador en las figuras, emborronadas y desfiguradas, reducidas a trazos de colores grisáceos y azulados, que recuerdan al Greco y a los dibujos de Alberto Giacometti, que Bacon elogió por encima de sus esculturas. También rinde su particular homenaje más tarde en esta etapa a Vincent van Gogh, al que evoca a través de la pincelada suelta y de una encendida paleta, que contrasta con las figuras oscuras de otros lienzos. A Bacon le fascinaba la manera en que Van Gogh se alejaba de la norma y de la realidad literal en favor de la expresión.

* David Sylvester, The Brutality of Fact: Interviews with Francis Bacon 1962-1979, Interview 1- 22:23