Guggenheim

Las facetas del espacio se han vuelto, en las últimas décadas, tan innumerables como los datos que surcan el aire e, intangibles, atraviesan nuestras viviendas. A medida que las ciudades crecen en sentido vertical, el aire se densifica con transmisiones y redes. El mundo de los objetos se torna remoto, en favor de sus representaciones. El arte actual se hace eco de esta situación desafiante y compleja; busca restablecer las conexiones entre las cosas y la memoria que esconden, haciendo, por así decir, una arqueología del presente; explorando sus metamorfosis, combinaciones y lugares posibles.

En las obras expuestas en esta sala se manifiesta una fluctuación constante en el plano material y una especulación radical en el plano conceptual. Las incesantes mutaciones del lienzo en el trabajo de Ángela de la Cruz contrastan con el uso indiscriminado que hace de todo material Jean-Luc Moulène, en cuyas esculturas colisionan nociones pertenecientes a la topología, la política y la historia cultural. Con igual calado topológico, pero con un enfoque científico más explícito, las obras de Alyson Shotz tratan de hacer visibles fenómenos de la física como la ondulación del espacio-tiempo o el entrelazamiento de las partículas; mientras que Agnieszka Kurant utiliza la sorprendente levitación de sus meteoritos para evocar la convergencia del valor artístico del aire (desde el emblemático Aire de París embotellado por Marcel Duchamp en 1919) con su valor inmobiliario en la economía actual. En las obras de Pierre Huyghe y Asier Mendizabal seleccionadas, el vacío y la memoria se enredan en dos tipos de operaciones. El Guardián del tiempo, de Huyghe, perfora el muro de todo espacio en que se instala para revelar la historia de sus transformaciones escenográficas. Por su parte, Mendizabal parte del tema oteizano de la Agoramaquia (o lucha con el vacío) para analizar los distintos estados de un cuerpo escultórico, tumbado aquí, y erguido, en su forma completa, en la sala 201 del Museo.