Guggenheim

Las pinturas abstractas de Albert Oehlen se sitúan en realidad en la frontera entre la figuración y la abstracción, y son reconocibles por la manera impetuosa y exaltada con la que el artista emplea el color y por la personal y audaz gestualidad del pincel. Oehlen comienza a pintar cuadros abstractos en 1988, cuando se instala en Andalucía junto al artista Martin Kippenberger. Sobre este cambio que se produce en su estilo, Oehlen ha afirmado: “En cierto sentido creía que la historia del arte se movía de lo figurativo a lo abstracto. Y yo debía hacer lo mismo. Debía vivir en mi vida la misma evolución que se había producido en la historia del arte”.

Estas pinturas, realizadas al óleo, el método pictórico más tradicional, trasmiten una sensación de despreocupación, como si el artista estuviera ocultando su verdadera habilidad técnica utilizando empastes brillantes de colores fuertes. No se atienen a ningún canon convencional de belleza o norma establecida.

Los cuadros abstractos de Oehlen no son bellos ni atractivos. En las afirmaciones que hace sobre su propio trabajo, se hace patente el sarcasmo del artista: “Cuando trabajas sobre un cuadro durante un mes, pasas treinta días frente a la imagen más fea del mundo. En mi trabajo estoy constantemente rodeado de las imágenes más espantosas. De verdad. Lo que veo son andrajos insoportablemente feos, que se transforman en el último momento, como por arte de magia, en algo bello”.